Perspectivas femeninas

Sobre mujeres en tecnología o por qué el 9M decidí no parar

Por Leslie S.

Amigas, vecinas, compañeras de trabajo, desconocidas, decidieron unirse al paro del 9 de marzo en el que se simuló como sería un día en el que muchas mujeres desaparecieran, esto como parte de la protesta en contra del aumento a la violencia contra las mujeres en nuestro país y como un ejercicio de empatía con las 10 mujeres que, lamentablemente, desaparecen realmente a diario.

Ahora bien, ¿cómo impacta este ejercicio en espacios donde la presencia femenina es mínima, casi nula? En palabras de un conocido que trabaja en desarrollo web cuando hablamos sobre el 9M antes de que ocurriera: “al menos en mi oficina yo no sentiría nada diferente, somos puros hombres”. No lo dijo con indiferencia, pero sí con sinceridad.

Hace medio año decidí darle un plus o un giro a mi carrera profesional y aprender programación y desarrollo web, desde el día uno viví la brecha de género en mi propia piel y no sólo desde las estadísticas: cuando me inscribí estaba aterrada porque parecía que sería la única chica del grupo, al final resultó un grupo de 26 personas en el que sólo 4 éramos mujeres.

¿Por qué pasa esto? En los inicios de la era tecnológica la programación era “cosa de mujeres”, sin embargo cuando ellas comienzan a ganar importancia, renombre y dinero en el sector ¡también comienzan a ser desplazadas de la actividad! Se dice también que, aunado al desplazamiento, se trata de un fenómeno social: ha prevalecido la opinión de que las ciencias, las tecnologías, las ingenierías, las matemáticas (STEM por sus siglas en inglés) son para los hombres y que las chicas que deciden dedicarse a eso son homosexuales/poco atractivas/ marginadas/nerds/freaks/tampoco son tan listas en esto…(paréntesis, si alguien se atreve a decirles eso, cuéntenle la historia de Hedy Lamarr, una actriz guapísima que sentó las bases para que hoy podamos tener Internet).

Se estima, y se nota desde ahora, que la demanda laboral y los mejores salarios estén en el sector de tecnología, entonces ¡es justo y necesario que las mujeres participemos de él! Por eso decidí no parar. El 9 de marzo coincidió con el final de mi curso y fue el día en que se presentó ante familiares, amigos, reclutadores e inversionistas todo lo que aprendimos y desarrollamos en el curso; no podía evitar sentirme bien y mal por ser la única chica que asistió al evento. El día uno y de nuevo el 9M me convencí de la necesidad de difundir, impulsar, crear y ganar espacios para mujeres en STEM; como dice Reshma Saujani: enséñale a una chica a programar y ella le enseñará a otras cuatro.

Si estás interesada o interesado en aprender a programar, compartimos algunos bootcamps/ lugares para aprender:

Laboratoria, bootcamp enfocado a mujeres que no han tenido acceso a empleos bien remunerados (https://www.laboratoria.la/)

Epic Queen, colectivo enfocado a la difusión y promoción de las carreras STEM para las niñas, también tienen cursos (https://epicqueen.com/)

Coding Bootcamp del Tec de Monterrey, bootcamp a tiempo parcial pars adquirir las habilidades de un Full Stack Developer ( https:// bootcamp.tec.mx/)

Web Dev o UX/UI bootcamp de Iron Hack, bootcamp para adquirir las habilidades de un Web Developer o un especialista en experiencias e interacciones de los usuarios (https://www.ironhack.com/es/ciudad-de-mexico)

Sobre Leslie: “Me doy buenos consejos a mí misma pero rara vez los sigo” -Alicia en el país de las maravillas. Síguela en Instagram: @destino.de.libros


Necesitamos socios estratégicos

Por Daira A.

Cada vez, con más frecuencia, leo artículos periodísticos, de análisis o de opinión, sobre los impedimentos que tienen las mujeres para acceder a puestos directivos o gerenciales tanto en la iniciativa privada como en el ámbito gubernamental o de la sociedad civil institucionalizada.

Dentro de las reflexiones, se encuentra que siguen existiendo tabúes respecto de los roles de las mujeres en la sociedad que impiden que sean tomadas con seriedad a nivel profesional, o que se les considera “mejores” para hacer tareas secretariales o administrativas más no de coordinación de equipos de trabajo, entre muchos otros. 

Pero un ángulo que me parece importante rescatar es el de la maternidad y la paternidad, sobre todo, cuando de acuerdo con datos de la OCDE, las mujeres realizan 75% del trabajo no remunerado en casa, que muchas veces incluye cuidados de familiares e hijos. Lo anterior, debido a una construcción del género femenino en el que se asocia a las mujeres, y su “instinto maternal”, con una habilidad y capacidad natural para los cuidados.

Socialmente, parece mantenerse una noción de que las personas por antonomasia, sujetas de obligaciones, más que derechos respecto al cuidado y atención de los hijos, no son sino las mujeres. Si bien, se puede argumentar que existe una dependencia biológica entre el hijo o la hija y la madre, al menos durante el periodo de lactancia exclusiva que corresponde a los primeros 6 meses de vida, habría que considerar que los permisos laborales de maternidad ni siquiera corresponden a este periodo, sino que se acotan a menos de la mitad. Por lo que las mujeres trabajadoras, deben hacer una serie de malabares si deciden mantener la lactancia exclusiva, aun con las horas de lactancia otorgadas por ley, que apenas si alcanzan para extraer un poco de leche, y que para muchas personas que se encuentran como superiores jerárquicos de estas mujeres, es visto hasta como una falta de profesionalismo (y claro, estoy dejando fuera muchísimos otros aspectos).

Y si lo anterior fuera poco, de acuerdo con la Ley Federal del Trabajo, artículo 132, es una de las obligaciones del empleador otorgar 5 días por permiso de paternidad a los hombres trabajadores. Esto, significa que, desde una perspectiva legal y laboral, se asume que los hombres deben mantener un rol exclusivamente de proveedores, pero no de cuidadores. Y es ahí en donde quiero centrar mi reflexión, porque mucho, más no lo suficiente, se ha hablado de la necesidad de ampliar los permisos de maternidad en el trabajo y flexibilizar los horarios de las mujeres para que se ajusten a su rol “natural” al mismo tiempo que cumplen con un rol adicional, que es el de trabajadoras exitosas, pero poco se habla de la necesidad de equiparar las responsabilidades de hombres y mujeres, en el cuidado de los hijos.

Para que las mujeres podamos alcanzar ciertos estándares sociales de éxito y realización profesional, no sólo necesitamos, como cualquier persona, flexibilidad en los horarios que nos permita hacer más con nosotras mismas que con nuestras responsabilidades laborales, sino que también necesitamos socios estratégicos. Y cuando de maternidad y paternidad se habla, ese socio es primordialmente nuestra pareja. No nuestra madre cuidando al nieto, no nuestros abuelos cuidado a los bisnietos, ni las guarderías llenas de más mujeres que dejan a sus hijos en otros lugares para cuidar a otras.

Pero ¿bajo qué condiciones nuestras parejas pueden ser esos socios estratégicos que necesitamos si la ley está en nuestra contra? El quiebre social de ver a un hombre cargando a su bebé, alimentándolo, llevándolo a la escuela, cuidándole cuando esta enfermo y generando una conexión similar a la que tienen las madres al día de hoy con sus hijos, no se logra si ellos no cuentan con la flexibilidad de horarios y el aumento del tiempo en los permisos de paternidad, pues cinco días de tiempo completo, más fines de semana durante el resto de la infancia del hijo o de la hija, no serán suficientes para generar los vínculos afectivos necesarios para romper paradigmas sociales respecto de los cuidados y la paternidad.

Porque hemos normalizado al grado de naturalizar, que las mujeres en algún momento dejemos nuestros trabajos por dedicarnos al cuidado de los hijos, o que busquemos oportunidades más flexibles, convirtiéndonos en las compañeras de nuestras parejas, quienes mantienen sus empleos, con los mismos horarios, y muchas veces, bajo estas condiciones en donde saben que sus hijos están en las “mejores manos”, acceden o logran puestos de mayor responsabilidad Y salario y son vistos como exitosos, haciendo que el lema “detrás de todo gran hombre, hay una gran mujer” tenga un sentido literal, y que la grandeza de la mujer esté determinada por su nivel de abnegación al hogar y a los cuidados de sus integrantes, que no siempre es una decisión libre, sino muchas veces coaccionada por el contexto social.

Y no digo que los hombres que están en esas condiciones, sean “malos”, sino que más bien, en las experiencias que he podido presenciar o conocer, pocas veces son ellos los que se inclinan a pensar en dejar sus trabajos para pasar más tiempo en el cuidado de los hijos porque, primero, es difícil asumir los privilegios propios del sexo masculino en el mundo capitalista en el que vivimos, y segundo, hay un arma de doble filo al respecto bajo los estándares morales y legales actuales, que la mujer sea vista como una mala madre, y que el hombre sea visto como “poco hombre” o mandilón. Cuando en realidad, al menos a mi parecer, estas decisiones formarían mejores hombres y mujeres, y mejores personas hablando de los hijos e hijas.

Por ello, considero que un cambio normativo respecto de los permisos de maternidad y paternidad, que asignen el mismo tiempo a hombres y mujeres para la atención y el cuidado de los hijos e hijas, sería un paso importante para lograr la equidad de género que buscamos y mejorar las condiciones laborales de hombres y mujeres, en donde el equilibrio entre la vida familiar y profesional pueda estar cada vez más cerca, y en donde las mujeres no tengamos que caer en la constante de “sacrificios” para poder lograr nuestras metas de vida y tomar decisiones con libertad.

Para inspiración, aquí una foto galería de Forbes de 2016, sobre los 10 países con los mejores permisos de paternidad o maternidad en el mundo: https://forbes.es/life/11604/los-10-paises-con-los-mejores-permisos-de-maternidad-o-paternidad-del-mundo-fotogaleria/2/

Sobre Daira: Coordinadora de Proyectos del Centro Feminista de Investigación Social. Síguela en Twitter: @Daira_Arana


La emancipación

Por Samantha A.

Fue la semana pasada que, caminando hacia el trabajo, me golpeó de repente el significado completo del “techo de cristal”; un concepto interpretado principalmente dentro de lo laboral pero que ahora reconocía en todos lados, y ese día en particular, choqué contra mi propio techo.

No puedo evitar pensar en la dualidad del cristal, que resguarda, pero aisla, y protege tanto como puede cortar, que está, pero no se ve, que se interpone entra una y la realidad, y me pregunto entonces en cuántos diminutos frascos de cristal he embotellado partes de mi misma. Si existe un gran techo de cristal sobre todas las mujeres que se ha sostenido en la cultura, es fácil deducir que esa educación nos ha rodeado de la misma estructura, con techos más bajos, ventanas, paredes, campanas y frascos hechos de prejuicios y miedos tan filosos como el cristal.

Ese día que distinguí mi propio techo también me asaltó la duda de si nací con él, si me lo pusieron, o si yo misma lo había construido. Dos pasos más adelante me di cuenta de que eso no importaba, lo importante era que estaba ahí y debía caer. Esa barrera estaba engrosada con cada cosa que di por hecho desde el inicio de mi consciencia, reglas que se instalaron en mi configuración respecto a mis gustos, mis metas, mi apariencia y mi futuro. Reglas sobre mi lenguaje y mi cuerpo. Reglas para los colores y la comida. Reglas para las amigas y los amigos. Reglas para la familia. Reglas que devenían en expectativas, y expectativas que luego naufragaban en decepciones, y éstas a su vez provocaban castigos. La cadena es enorme.

Tengo 25 años y siento que recién terminó mi periodo infantil. Voy caminando hacia el trabajo sola, arrojada al mundo por primera vez con el peso de poder utilizar el tiempo a mi placer y me he encontrado que deseo cosas que veo de lejos pero que existen del otro lado del cristal. A ese cristal grueso se le hace de repente una cuarteadura en el momento en el que me estampo contra él, y golpeo más suave pero más repetidamente con el dedo índice sobre la pequeña greca; con mucha paciencia, determinación y convicción de que cada golpe va a debilitar ese gran cristal hasta hacerlo añicos, y cada golpe es una pregunta que cuestiona a una regla que de repente yo no sé por qué estoy siguiendo si tengo 25 años, voy caminando al trabajo sola y puedo utilizar todo el tiempo a mi placer.

Es mi primer empleo formal, y desde la primera semana pude ver el techo de cristal en ese lugar. Curiosamente, un lugar tan cínico, u honesto tal vez, que tiene además un cristal opaco, algo visible como para acostumbrarse rápido, no por eso deja de ser incómodo. Fui lo suficientemente ingenua para imaginar que lo podía romper, pero cristales tan grandes requieren fuerzas igual de potentes, evidentemente no podía sola, y mucho menos podía llegar a golpear cristales más altos si no reventaba los míos, que me contenían inmediatamente. Y el deseo implotó en mí, me di cuenta de que con la misma fuerza con que se sale a marchar, con la misma rabia con que se defiende lo colectivo, y con el mismo dolor con que se acompaña la pérdida injusta de las libertades tenía que hacerlo por mí, para poder hacerlo por mis hermanas. Por armonía y por congruencia, y quizá un poco hasta por lógica. No sé quién puso ese cristal sobre mí, quizá fui yo misma, pero mientras camino sola hacia el trabajo, voy haciéndome consciente de la importancia que tiene lo individual, porque si destruyo mi propio techo de cristal, ese puede ser el aleteo de mariposa que contribuya a un tornado en la distancia.

Sobre Samantha: “Por cierto, todo en la vida es escribible si se tienen las agallas para hacerlo, y la imaginación para improvisar.” -Sylvia Plath